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Se enamoran perdidamente, pero también se las orinan sin vergüenza. Las contemplan extasiados, pero igual las profanan con grafitis insulsos.

Sobre y debajo de ellas hay historias de siglos pasados y habrá muchas más de los tiempos que han de venir. Lo que está en su interior es la gloria de Colombia, solía decir el insigne poeta, pintor y político Daniel Lemaitre (1884-1961, compositor del himno de Cartagena).

Son las murallas de Cartagena, símbolo inmarcesible de esta ciudad, el corral de piedra más conservado de América que desde 1984 es Patrimonio de la Humanidad.

Mañana se cumplen 400 años desde cuando los negros africanos, esclavos de los españoles que dominaban estas tierras de la América india, empezaron a levantarlas, según la leyenda, con cal y sangre, para construir una fortaleza que impidiera el ataque devastador de la cañonería de los piratas ingleses y las marinas de Francia e Inglaterra, reinos enemigos de España.

Demoraron en construirlas unos 200 años y varias veces sufrieron destrucciones por los ataques despiadados de los enemigos que venían a saquear a Cartagena.

Hoy las murallas 'gozan de buena salud', pero siguen teniendo amenazas. Si bien no tan contundentes como los fogonazos de pólvora de los siglos pasados, sí de cuidado y atención, afirma el hombre que literalmente es responsable de ellas, Germán Bustamante, director de la Escuela Taller Cartagena de Indias, el centro de formación que administra las fortificaciones de esta ciudad colonial.

Ya no están en la mira de las balas disparadas por el pirata Morgan desde el mar, pero sí de la urea de algunos cartageneros. Un dirigente político solía decir en broma: 'Lo que no pudieron hacer los corsarios ingleses, lo va a lograr la orina de la gente'.

Otras amenazas. Pero no es el ácido úrico el único que atenta contra las centenarias murallas. Hay otros peligros que hay que conjurar día a día, mes a mes, año tras año.

Son, entre otros, la erosión que produce el viento en los morteros y que va sacando las pegas; la contaminación de autos y motos, cuyos gases manchan y descomponen las piedras; la humedad que generan los canales de aguas residuales que aún corren por sectores de la zona amurallada, como en la zona de acceso del hotel Santa Teresa.

Bustamente agrega que también es de cuidado lo que se conoce como la 'flora invasiva', que hay que erradicar por su efecto nocivo. Esta se genera porque algunos pájaros dejan caer semillas en los huecos de las piedras y ahí se reproducen plantas de diferentes tipos.

El director de la Escuela de Gobierno y Liderazgo del Distrito, Bernardo Romero Parra, agrega que periódicamente esta dependencia, con la Entidad Pública Ambiental, EPA, tienen que realizar 'operativos de desodorización' en sitios en los que la gente acostumbra hacer sus necesidades.

Ante estas amenazas Romero anuncia una campaña de cultura ciudadana para que los cartageneros y turistas no utilice las murallas como baños o letrinas públicas. Ni tampoco la pinten con mensajes de amor en aerosol, como suelen hacerlo por estos días. La campaña se llama ‘Hazlo por ti’, y busca persuadir a propios y extraños sobre que el respeto y conservación de este monumento es por el bien propio y de los demás.

'Murallicidios' de la historia. Fue el desaparecido poeta Lemaitre el que calificó de 'murallicidios' las destrucciones que sufrieron estas fortificaciones.

Bustamante recuerda que en 1880 se produjo el derrumbe de los revellines, que eran defensas avanzadas que estaban en El Cabrero y bajo el puente de la Media Luna. Años después se produjeron demoliciones en el sector de El Arsenal, hoy zona rosa de la ciudad. Allí derrumbaron un tramo de piedra para abrir el puente Román, en la zona de El Pedregal (Getsemaní).

También en la Calle de la Ronda tumbaron una parte para facilitar prácticas del ejército de la época y quizá el caso más sonado fue la destrucción desde donde se construyó la Torre del Reloj, para facilitar un acceso al recinto amurallado, hasta el baluarte de San Pedro Mártir (sector de India Catalina), en 1916, comenta el Director de la Escuela Taller.

Presupuesto y mantenimiento. La conciencia sobre la importancia de la conservación de estas fortificaciones empezó en 1918, con la adopción de una ley que se hizo efectiva de verdad apenas en 1924.

Hoy la Escuela Taller gasta en obras y mantenimiento de las murallas el 60% de los $450 millones mensuales que recauda por la visita de turistas a los monumentos (Castillo de San Felipe, por ejemplo) y arrendamientos de los baluartes de Santo Domingo, El Reducto y San Francisco.

Pronto abrirá un concurso arquitectónico nacional para la construcción de enlaces peatonales (estructuras, puentes) en áreas en las que el paso por la parte superior de las murallas se truncó.

Cuatrocientos años después de que se inició la construcción de esta fortificación, con el ritual de la colocación de la primera piedra en el baluarte de Santo Domingo, con una moneda de oro con la efigie del Rey de España debajo, las murallas siguen siendo el hechizo del mundo contemporáneo. Allí muchos amantes van a jurarse amor eterno; otros se embriagan con las puestas del sol; decenas llegan de otros lares a contemplar su magnificencia y medio mundo más las lleva en su corazón o en su cámara fotográfica para mostrarlas a quienes no las han contemplado en persona.

Ver infografía: Disposición de las defensas de Cartagena de Indias y líneas de ataque de los sitiadores

Patrimonio de la humanidad

En noviembre de 1984 Cartagena recibió una de las noticias más importantes de su historia reciente. La Unesco declaró el sistema de fortificaciones y monumentos de la ciudad colonial como Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad. Hace 30 años se vivió un júbilo indescriptible porque esta declaratoria significaba el reconocimiento mundial de un tesoro que desde entonces habría de conservarse con más celo y pasión. Fue el primer sitio del país declarado patrimonio del mundo. Desde entonces, la ciudad construida por los españoles hace casi 500 años se convirtió en una de las capitales del país y de América más visitadas por los extranjeros.