Hace varios años tuve convivencia semanal y permanente, durante ocho meses, con un grupo de mujeres víctimas de toda clase de violencia por parte de los paramilitares, las Farc y las fuerzas del Estado y, otro grupo, integrado por mujeres reinsertadas de las Farc y de las AUC, que dejaron las armas y bajaron del monte por la misma razón por la que las tomaron: seguir al marido, al compañero.
Si bien nos reuníamos en días distintos, ambos grupos conocían la existencia del otro y sabían que esperábamos que al término de esa iniciativa, “Todas somos mujeres”, se produjera un gesto de reconciliación, porque compartían los mismos problemas de pobreza, miedo, indefensión y sometimiento patrialcal. A todas las había atravesado la guerra civil y les había destrozado la vida, personas que sin saber cómo ni por qué, terminaron sumidas en un conflicto sangriento que les arrebató lo que eran, lo que tenían, lo que soñaban.
Recuerdo sus caras desencajadas y tristes, campesinas costeñas, paisas, huilenses, llaneras, que recabaron en Barranquilla en su continuo rodar, pero se adaptaron pronto a la ciudad y sus posibilidades de supervivencia; las amañó que consiguieron perderse en la multitud, ser una más, sin miedo a ser señaladas o identificadas y que los programas estatales funcionaban mejor. Las víctimas eran muy orgullosas, casi todas vejadas sexual, física, psicológicamente, mantenían su cabeza en alto. Las excombatientes, eran más frenteras, directas y corrincheras.
Sus historias eran parecidas, todas hablaban del sitio de donde habían sido expulsadas en las más variadas y atroces formas y habían perdido el sueño de regresar; cuando se les pidió que se identificaran con animales para contar su historia personal, la mayoría escogió al perro, nuestro fiel amigo y compañero, insignia de lealtad y nobleza. Unas y otras habían sufrido lo indecible por sus hijos: las víctimas, porque les mataron a los familiares y las reinsertadas, porque no podían tener a sus pequeños cerca.
En estos días de euforia con el anuncio presidencial de la centralización del proceso de paz en las víctimas, recuerdo a mis amigas de “Todas Somos Mujeres”, cómo lloraban por desconocer el paradero de maridos, hijas e hijos, tomados desaprensivamente por todos los malditos actores de esta tragedia nacional. Y desde ese entonces, me parece que todos los actores del conflicto colombiano son igualmente crueles, despiadados y deshumanizados.
Y en ese marco, todos los ciudadanos somos víctimas de una guerra que se libra de todas las formas y en todos los campos. Es mentira que acá o allá no ha tocado el conflicto: para donde se mire en nuestro territorio abundan las victimas y los victimarios.
Todos cargamos una pena por algún inocente caído, conocemos a alguien que fue secuestrado, sin excepción todos hemos dejado de ir a sitios o viajar por el pais, por físico pavor a caer en medio de las zonas en candela, hemos sido cautelosos al hablar para evitarnos malquerencias de fanáticos. Somos una Nación de víctimas.
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