Debo confesar con mucha tristeza que aborrezco este capítulo de la humanidad, el termómetro que mide mi optimismo está en su punto más crítico. Y con esto, no es que quiera eximir mi instinto caníbal en ocasiones, pero por el bien de nuestra especie debemos parar ya con esta cacería humana.
Honestamente, pienso, que las doctrinas individuales son las causantes de este holocausto que estamos padeciendo, por tal razón abro debate para que legislemos una ideología universal en la que prime un bien común colectivo. Y no necesitamos ser políglotas para llegar a mutuo acuerdo con el resto del mundo, basta con saber manejar el lenguaje del amor. De ahí parte todo. El amor es la clave para que entendamos, que no somos de aquí ni de allá, el planeta nos pertenece a todos.
Sin embargo, desgraciadamente somos hijos de la guerra, nos han convertido en accesorios del crimen con sus pretextos diplomáticos basados en patriotismo estúpidos que manchan la tierra con la sangre del pueblo. Y duele. Pero, sobre todo, duele más aceptar que desde tiempos remotos la burocracia política aún continua en el poder utilizando el mismo mecanismo de gobierno: el miedo. Infundir miedo, es y ha sido, el arma secreta de los antisemitas, comunistas y fascistas. Todo un conglomerado perverso y por suerte reducido, que se ha encargado de propagar el cáncer del odio entre nosotros los condenados. Solo me resta decir, que Dios se apiade de nuestras almas.
Thiago Bettin