Hace unos días leí un artículo de Andrés Acevedo, escritor y creador del programa Atemporal. Me atrapó desde el inicio porque puso en palabras algo que he sentido muchas veces al hablar con jóvenes que están eligiendo carrera o con profesionales que, después de tanto esfuerzo, se preguntan por qué la estabilidad sigue siendo un espejismo. Parece real, pero cuando llegas ahí, descubres que ya no es como te la pintaban.
Acevedo lo plantea de forma clara: la idea de que estudias una carrera, te gradúas y automáticamente consigues trabajo ya no funciona. Hay un desfase enorme entre lo que se enseña y lo que realmente necesita el mercado. Jóvenes que pasan años y gastan una fortuna en una carrera que después no les abre puertas, mientras las empresas dicen que no encuentran gente con las habilidades que buscan. En el medio, un vacío inmenso que se traga ilusiones, tiempo y expectativas.
Pero más allá de esa desconexión entre la educación y el mercado laboral, lo que realmente me hizo pensar fue su enfoque sobre el valor. Acevedo dice que ya no se trata solo de estudiar para encontrar trabajo, sino de entender cómo generar valor. Es decir, desarrollar habilidades que realmente resuelvan problemas, que aporten soluciones y que sean útiles en un mundo en constante cambio.
Por años, la recomendación ha sido elegir una carrera en función de la demanda: si hacen falta contadores, estudia contaduría. Si los desarrolladores están bien pagos, métete a programación. Pero Acevedo cuestiona esa lógica y plantea que, en un mundo donde las profesiones cambian rápido y muchas quedan obsoletas, el mejor camino no es seguir la demanda del momento, sino enfocarse en la oferta: en lo que uno mismo puede hacer, en lo que sabe y en cómo convertir eso en algo valioso.
En Colombia, seguimos atados a la idea de que el diploma es el pasaporte al éxito. Todavía pesa más la pregunta “¿qué estudiaste?” que “¿qué sabes hacer?” o “¿qué puedes aportar?”. Aún cuesta aceptar que alguien pueda construir una carrera sin pasar por la universidad, aunque hay ejemplos en todas partes de personas que han logrado hacerlo explorando sus talentos, aprendiendo de manera autodidacta o encontrando soluciones más allá de lo convencional.
Pero las cosas están cambiando. Cada vez más jóvenes buscan alternativas, combinando estudios con experiencias más flexibles. Aprenden en plataformas digitales, crean proyectos propios, monetizan habilidades y rechazan la idea de que el éxito solo puede venir de un empleo tradicional. No es un camino fácil ni inmediato, pero es una respuesta natural a un sistema que dejó de ofrecer certezas hace mucho.
Acevedo termina diciendo que el capitalismo no funciona asegurando trabajo a quienes tienen diplomas, sino premiando a quienes logran generar valor. Y ahí está la gran pregunta: ¿seguiremos midiendo el éxito por los títulos, o empezaremos a entender que la clave no está solo en el diploma —que sigue siendo valioso— sino también en lo que cada persona puede construir, transformar y aportar?
@said_cristina