Hoy más que nunca, esta columna va para los lectores, porque han acumulado libros en sus casas, donde otros acumulan odio y desesperanza, porque han acopiado historias, cuentos, sueños, viajes, poemas, que de pronto son más necesarios que nunca. Los lectores, que se acostumbraron al olor de los libros al amanecer, entreverados de sueños y de pesadillas, los que pueden disfrutar de una copa en soledad y un buen cuento de Onetti, los que no necesitan salir porque son argonautas consumados, que persiguen a diario vellocinos en las páginas menos pensadas, al doblar una esquina cualquiera de Comala o de Macondo. Bienaventurados los lectores, cuya nostalgia es ilimitada, como un río sin orillas, como «La lotería en Babilonia», los que interrogan El libro de los ejemplos, tratando de hallar en sus cuentos medievales un instrumento para interpretar el presente.
El presente, sí, para interpretar el tiempo, el mismo enigma que, por siglos, enfrentó a Aristóteles y a Newton, hasta que un buen día un genio alemán, salido de una oficina de patentes, no de una lámpara, vino a poner las cosas en su sitio. Einstein demostró que, por una parte, tanto el griego como el británico tenían la razón, y que, por otra, ninguno la tenía. Al año siguiente, el alemán descubrió con amargura que él tampoco la tenía. Ahora bien, si el físico teórico Carlo Rovelli, uno de los fundadores de la llamada «gravedad cuántica de bucles», está en lo cierto, no hay diferencia intrínseca entre pasado y futuro, el «presente del universo» no significa nada, no hay un único tiempo, sino innumerables tiempos, y ninguno es más real que otro.
La física moderna dice que quizá la flecha del tiempo —y la conciencia de su fluir— se deba más a nuestra miope perspectiva que al universo en sí mismo. Dice que el tiempo no es único ni se orienta de pasado a futuro ni la noción de presente tiene sentido, pero entonces ¿por qué nadie nos saca de la cabeza que hoy es viernes 28 de marzo de 2025 en todo el vasto universo? Acaso porque, aunque no sepamos nada de entropía ni de termodinámica ni sospechemos que esa cosa rara e inasible que en vano intenta medir el reloj en nuestra mesita de noche se parece más a una inmensa y desordenada red de eventos cuánticos que a una línea temporal, en el fondo de nuestro ser, no estamos hechos de otra cosa que de las cicatrices que el oleaje del pasado va dejando en la memoria. Tal es el tiempo para nosotros: recuerdos, nostalgia, dolor de ausencia.
Enigma insoluble que ha fascinado por igual a científicos, teólogos, filósofos y poetas. «El tiempo es, pues, la forma en que nosotros, seres cuyo cerebro está hecho de memoria y previsión, interactuamos con el mundo: es la fuente de nuestra identidad…y de nuestro dolor». El tiempo, el gran tema de los cuentos, los ensayos y los poemas de Borges.
¿Pero qué es el tiempo? Por suerte, siempre podremos decir, como San Agustín: “Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro”.