Caracas, 27 de febrero 1989, presidente Carlos Andrés Pérez. El pueblo se levantó en protestas. La inseguridad y falta de oportunidades laborales. La desigualdad y la privatización de empresas estatales. El alza de la gasolina y productos derivados del petróleo. El incremento en el transporte público, entre otros acontecimientos, que representaban una crisis política y económica sin soluciones cercanas. La desilusión de un país que confió en las promesas de un líder populista, que se llamaba a sí mismo socialista, aunque en el fondo defendía y simbolizaba el neoliberalismo en su máxima expresión. Todo esto desencadenó el “Caracazo”. La inconformidad del pueblo se manifestó. Se delineó el inicio de un nuevo capítulo en la historia de Venezuela y de América Latina.

Las protestas se iniciaron en Guarenas, cerca de Caracas. Los trabajadores debían tomar el transporte público para asistir a sus jornadas laborales. El descarado aumento del pasaje provocó la revuelta. Se extendió el descontento hasta la capital y los municipios vecinos. Empezaron las protestas. El descontrol de un pueblo que no soportaba los abusos sufridos por parte del gobierno. Se ordenó el toque de queda. Los militares fueron autorizados para atacar a los civiles. La violencia se apropió de la situación. Las armas se pronunciaron como si no hubiera mañana. El “Caracazo” terminó por dejar a más de 200 muertos y más de 2.000 desaparecidos. El horror se apoderó de Venezuela. El Estado trató de apagar la voz del pueblo, mientras la sombra de Hugo Chávez estaba a punto de cobrar luz.

Chávez repetía con frecuencia una frase de Simón Bolívar: “Maldito sea el soldado que vuelve las armas contra su pueblo”. Casi 30 años después del “Caracazo”, el pueblo se expresa de nuevo. La gente sale a las calles a marchar, a exigir un cambio. El Estado quiere callarlos. Los militares levantan las armas e imponen el miedo. La frase de Bolívar aplica en el pasado y en el presente de Venezuela. Las ideologías políticas pasan a un segundo plano cuando la tiranía domina a los líderes y subyuga al pueblo. El socialismo y el neoliberalismo han dañado al país por igual.

Durante varias décadas, Venezuela se caracterizó por su economía próspera. El petróleo les dio alas para volar. Los años de opulencia y riqueza en el país fueron una realidad.

No se puede olvidar la otra cara de la moneda. Venezuela fue uno de los países más desiguales del mundo. El pueblo se aburrió de un gobierno neoliberal, diseñado para la minoría: los ricos. La lucha de Chávez tenía un porqué. En un principio, fue necesaria. Por primera vez, el pueblo era prioridad. La mayoría lo apoyó durante varios años. Infortunadamente, se dejó absorber por el poder y los objetivos perdieron su rumbo. Hoy se repite la historia. El pueblo sigue sufriendo por culpa de sus gobernantes.

Ninguna nación merece ser oprimida. La libertad y los derechos deben ser respetados. Venezuela necesita un cambio inmediato. Sin embargo, no pueden volver a la Venezuela antes de Chávez: una economía maravillosa para algunos e inexistente para la mayoría. Tampoco pueden regresar a la Venezuela de Chávez, tan llena de arrogancia; ese sueño socialista que se convirtió en pesadilla. Mucho menos pueden continuar en la Venezuela de Maduro, aquella que vive en el desastre institucional, económico y político. También se debe derrocar a la Venezuela corrupta de los militares.

Genera ansiedad la inestabilidad de nuestros pueblos. La democracia mal interpretada y mal manejada es la culpable de este infierno. La dictadura de la propaganda. El individualismo de los líderes que nos representan. El capitalismo que nos condena. El fracaso socialista que deja sin esperanza.

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