Afrontamos un momento crítico por el incremento del hambre debido al devastador impacto de la pandemia. Los peores datos de los últimos años señalan que más de 811 millones de personas, la décima parte del total de la población del planeta, padecieron subalimentación en 2020, un aumento de 118 millones en relación con 2019. Pero además, 2300 millones no lograron tener una alimentación adecuada.
Aunque era esperable un aumento de la precariedad en las poblaciones más pobres resulta inaceptable consentir que cada vez más personas sufran la vulneración del derecho de acceder a una alimentación digna y a los recursos necesarios para obtener de manera sostenible su seguridad alimentaria, mientras más de mil millones de toneladas de comida se desperdician cada año.
En un desolador informe, Naciones Unidas alertó, hace un tiempo, sobre el inquietante retroceso en las metas de erradicación de la inseguridad alimentaria, mejora de la nutrición y promoción de la agricultura sostenible para 2030.
El virus con su estela de efectos sanitarios, económicos y sociales borró en pocos meses los avances alcanzados durante los últimos cinco años, desencadenando el “pico más alto del hambre y la desnutrición crónica”. También atribuido a la suma de conflictos armados y desastres naturales que golpean a territorios afectados por serias perturbaciones económicas.
Dicho de otra forma, la pandemia agudizó la vulnerabilidad de comunidades sometidas a persistentes y preocupantes índices de pobreza, sucesivas crisis alimentarias e incidencia de enfermedades dejándolas aún más expuestas. Tormentas perfectas ensañadas contra los más frágiles, las mujeres y sobre todo, los niños. Millones de ellos se levantan y acuestan a diario sin saber si podrán llevarse algo a la boca, por eso no es gratuito que 9 de cada 10 menores de cinco años, de países pobres, presenten retraso en su crecimiento, adelgazamiento patológico o sobrepeso, dos caras de una misma moneda que revelan los desequilibrios de una sana nutrición.
Esta desafiante coyuntura, que demanda acciones urgentes y coordinadas, también tiene su apartado en la región Caribe, con especial énfasis en Cartagena, además de Barranquilla y Soledad, donde solo el 33 % de sus hogares logró comer tres veces al día, en septiembre, de acuerdo con el Pulso Social del Dane.
Cómo garantizar seguridad alimentaria a la población vulnerable será uno de los asuntos centrales de la próxima edición de Sabor Barranquilla, la feria culinaria más importante de la Costa, que se celebrará en diciembre y nos convoca a ¡Una mesa para todos! Decisión correcta.
Su llamado a visibilizar esta crisis humana, también apela a una necesaria reflexión sobre qué tanto podemos hacer para mitigar el hambre de comunidades enteras que ven restringidos sus derechos a alimentarse dignamente.
Los elevados precios de la comida están jalonando la galopante desnutrición, ratificando además la gravedad del problema de distribución de los alimentos.
La pobreza no aparece hoy como el único determinante de la inseguridad alimentaria. El desempleo masivo o el aumento de la desigualdad y la informalidad arrinconaron a familias que, por falta de ingresos, no pudieron seguir pagando una dieta saludable, convirtiéndose en las nuevas víctimas de la estadística del hambre.
No se trata de aumentar la actual producción de alimentos, que es suficiente, sino de lograr una mejor repartición transformando los sistemas agroalimentarios para que sean más eficientes, resilientes, inclusivos, sostenibles y capaces de proporcionar productos asequibles para todos.
Erradicar el hambre, causa y consecuencia de continuos estallidos sociales, es apremiante para evitar que los efectos de la pandemia se cronifiquen. Pero se requiere una enorme voluntad política.
Los elevados precios de la comida están jalonando la galopante desnutrición, ratificando además la gravedad del problema de distribución de los alimentos. La pobreza no aparece hoy como el único determinante de la inseguridad alimentaria.