Esta semana, cuando se conmemora la concienciación mundial sobre el autismo, se convierte en un tiempo propicio para reflexionar sobre el papel que también juega la sociedad en la inclusión de las personas con esta condición.
La OMS señala que 1 de cada 100 niños en el mundo presenta un trastorno del espectro autista. Por su parte, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) explica en un informe del año 2020 que 1 de cada 36 niños de 8 años (2.8 %) en Estados Unidos fue identificado con trastorno del espectro autista (TEA).
En Colombia no existen cifras oficiales sobre el tema; sin embargo, actualmente en el Congreso se está moviendo el Proyecto de Ley 193, el cual busca promover la atención integral de personas con TEA.
Más allá de las cifras y los diagnósticos, el autismo es una realidad que afecta no solo a quienes lo viven en primera persona, sino también a sus familias, quienes enfrentan a diario desafíos en la educación, la comunicación y la interacción social.
Son los padres, hermanos, abuelos, tíos o primos de un niño autista los primeros en comenzar a adaptar su mundo en torno a esa persona, y quienes rodeados de amor y esperanza deberán dar lo mejor de sí para lograr que su vida esté cargada de alegría y de muchos momentos felices para enmarcar.
Un testimonio muy valioso es el que entrega Johanna Ensuncho, esposa del comediante Joselo de Colombia, madre un menor de 13 años que fue diagnosticado con trastorno del espectro autista (TEA). “Cuando te dan un diagnóstico vienes cargado de cosas negativas y esto no te permite ver lo positivo que también tiene el autismo. El José Manuel de hoy no es el mismo que diagnosticaron a los 2 años, ya que él no hablaba, no comía, hacía pataletas, se golpeaba la cabeza y por eso sé que sí se puede salir adelante. Por eso no puedo hablar del autismo como tragedia, sino como algo esperanzador”.
Joselo se suma a su discurso y afirma que su hijo menor lo enseñó a amar sin límites, “yo he podido ver el mundo desde una óptica diferente, con el fin de que mi hijo sonría. Ellos tienen grandes talentos y juntos deben descubrirlos”.
El desconocimiento es precisamente lo que ha llevado durante mucho tiempo a la estigmatización y el juicio. Es común que por ejemplo un niño con autismo que experimenta una crisis sensorial en un espacio público sea visto como “malcriado” en lugar de alguien que está atravesando una situación difícil que no puede controlar. También es frecuente que sus padres reciban miradas de desaprobación en lugar de apoyo. Y es habitual que el sistema educativo, el mercado laboral y los entornos sociales no estén diseñados para acoger con empatía a quienes ven y sienten el mundo de manera diferente.
Pero esta no tiene que ser la norma. La verdadera inclusión comienza cuando dejamos de juzgar y empezamos a comprender. Cuando un niño con autismo recibe un diagnóstico temprano, tiene más oportunidades de desarrollar su potencial con el acompañamiento adecuado. Cuando una familia encuentra una comunidad que la apoya en lugar de aislarla, el camino se hace menos duro. Y cuando la sociedad entera entiende que la neurodiversidad es parte de la riqueza humana avanzamos hacia un mundo más justo.
Por eso, en este inicio de abril no basta con iluminar monumentos de azul ni compartir mensajes en redes sociales. La verdadera concienciación implica educarnos, eliminar prejuicios y ser más sensibles con quienes viven con esta condición. Porque cada persona con autismo merece crecer en un entorno que respete su individualidad y valore sus capacidades. Porque cada familia merece ser acogida con empatía y no con juicios. Y porque el cambio real empieza cuando nos atrevemos a mirar el mundo desde una perspectiva más humana.