El fallecimiento, ayer, del expresidente Belisario Betancur seguramente desatará un alud de análisis y estudios sobre un personaje excepcional por sus cualidades humanas e intelectuales, que dejó una huella profunda en la historia del país.
Hijo de un modesto arriero antioqueño, como él mismo se encargaba de subrayar, Betancur llegó a la Presidencia en una coyuntura de elevada tensión política y social. Buena parte del mandato de su antecesor, el liberal Julio César Turbay, había discurrido bajo la sombra del Estatuto de Seguridad, un mecanismo contundente de ‘mano dura’ ante el avance de la izquierda.
Betancur, hombre de enorme sensibilidad, llegó a la Casa de Nariño con un mensaje de conciliación que caló no solo en Colombia, sino en la esfera internacional. Muchos recuerdan su memorable intervención ante la ONU en 1983 –que The New York Times tituló: ‘Un lírico hizo poner de pie a las Naciones Unidas’–, en la que dedicó encendidos elogios al Movimiento de los No Alineados y se comprometió a convertir a Colombia en una “potencia moral”.
Nada más al llegar al poder, Betancur ofreció la paz a todas las fuerzas subversivas. “Levanto ante el pueblo de Colombia, una alta y blanca bandera de paz: la levanto ante los oprimidos, la levanto ante los perseguidos, la levanto ante los alzados en armas, ante mis compatriotas de todos los partidos y de los sin partido”, proclamó en su discurso de posesión, el 7 de agosto de 1982.
Pese al cúmulo de buenas intenciones, aquel esfuerzo de pacificación fue encallando por múltiples factores y recibió su estocada final con la toma del Palacio de Justicia por el M-19. Este fue, sin duda, el hecho político al que quedará asociada la presidencia de Betancur. Los estudiosos aún discrepan sobre el papel que jugó el presidente en este acontecimiento traumático; en particular, si ordenó realmente la feroz respuesta de las fuerzas armadas o si adoptó un papel pasivo ante la inexorable reacción de los militares.
Pero el debate pasó un segundo lugar una semana después, con la catástrofe de Armero, en la que la erupción del volcán Nevado del Ruiz provocó un alud de lodo que sepultó a más de 25 mil personas. El Gobierno de Betancur no se libró de recibir críticas de quienes denunciaron falta de previsión.
Un cuarto momento clave fue su decisión de rechazar la celebración del Mundial de Fútbol de 1986, lo que convirtió a Colombia en el único país que ha rechazado ser sede. “Colombia no tiene tiempo para atender las extravagancias de la Fifa”, sentenció Betancur en 1982, renunciando a una ‘joyita’ por la que se pelearían muchos presidentes.
A riesgo de incurrir en un lugar común, el juez que establecerá la precisa dimensión de Betancur como estadista es el tiempo. El ineluctable tiempo al que se refería Barba Jacob. Pero estamos convencidos de que, más allá de las discusiones naturales que pueda generar su mandato en algunos temas específicos, al final tendrá reservado un pedestal por sus esfuerzos para construir un país y un mundo mejores.