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Algunos habitantes de Baranoa estallan en carcajadas y otros reaccionan con nerviosismo o con indignación cuando escuchan la pregunta: ¿qué opina usted de que el alcalde Roberto Celedón anuncie que prohibirá mediante decreto oficial que la gente muera?

La macondiana iniciativa responde, sin embargo, a una bien estudiada estrategia mediática para llamar la atención de las autoridades departamentales y nacionales ante la situación de emergencia que atraviesa no sólo Baranoa sino prácticamente todos los municipios del Departamento del Atlántico: los cementerios, públicos todos ellos, no dan abasto y no es posible ampliarlos pues se encuentran rodeados por barrios que han crecido espontáneamente durante décadas, con escasa planificación.

'Además, no existe ninguna entidad del gobierno central que asigne recursos a los cementerios públicos', se lamenta Celedón, quien se ha puesto en contacto hasta con el Departamento para la Prosperidad Social en busca de ayuda. 'Me respondieron que los muertos no contribuyen mucho a mejorar los índices sociales de prosperidad, solo los de mortalidad'.

Y es que a Baranoa, población de más de 55 mil habitantes en donde mueren unas 180 personas cada año, sólo le quedan 400 bóvedas libres en su único cementerio, el cual tiene una superficie de una hectárea y unos 120 años de existencia. Pero la mayor parte de ellas han sido construidas de manera antitécnica, sobre los cada vez más estrechos pasillos del camposanto. Esto pone, literalmente, en aprietos a los sepultureros, quienes deben ejecutar múltiples peripecias para introducir cada nuevo ataúd. Y en algunos casos se han apilado, unas sobre otras, hasta cinco bóvedas.

El alcalde ya ha recibido advertencias de las autoridades de salud para que adopte soluciones urgentes: los depósitos de agua de la empresa de servicios Triple A —uno elevado y otro subterráneo— se encuentran justo al lado de este hacinado cementerio.

'Y como yo no obedezca, puedo ser sancionado; pero como tampoco obtengo ayuda de nadie, pues me veo obligado a prohibir que en este municipio muera más gente', recalca el mandatario, y admite que no sabe cómo va a sancionar a quienes incumplan esta orden municipal.

Pero el alcalde no se ha limitado a quejarse o a ponerle trabas a la respetable labor de la muerte. Recientemente, presentó ante la Regional Caribe del Órgano Colegiado de Administración y Decisión (Ocad) —con la esperanza de que le asignen recursos de regalías— un proyecto por 4000 millones de pesos para cubrir el traslado de los cadáveres a una nueva sede para el cementerio municipal a un lado de la vía que conduce de Baranoa a Sabanalarga. Con morgue, capilla, cafetería, velatorio y todas las demás instalaciones de un cementerio moderno.

En el lugar del antiguo cementerio, planea construir una plaza con un monumento que honre la memoria de todos los baranoeros que han reposado allí, aunque este reposo se haya visto cada vez más apretado. 'Espero que no le den sepultura a este proyecto', comenta Roberto Celedón.

Por Carlos A. Sourdis Pinedo