El pasado 18 de febrero se celebró el Día del Asperger porque coincide con el nacimiento del psiquiatra austríaco Hans Asperger, de quien proviene este diagnóstico, lo cual tiene connotaciones muy complejas, porque se ha desatado desde 2013 en las principales clasificaciones internacionales de enfermedades, una tendencia a hacerlo desaparecer como tal por razones más políticas que médicas porque el psiquiatra tiene una historia de un pasado oscuro relacionado con el nazismo y experimentos con niños.

En el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Americana desapareció en 2013; en la última versión de la Organización Mundial de la Salud cuya Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), la que nos rige a nosotros, lo eliminaron en 2018. Diversas instituciones de salud mental han decidido apoyar la eliminación por razones de ética médica. Hoy lo incluyen dentro del gran paraguas conocido como Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Es pertinente hacer algunas aclaraciones desde la medicina acerca de la precisión diagnóstica, en especial ahora que hay tanta confusión acerca de los niveles de funcionalidad, de lo cual depende el futuro de un hijo dentro del espectro. El Asperger aparece en el Nivel 1, de Alta Funcionalidad con una enorme posibilidad de llevar una vida “normal” como la de cualquier neurotípico.

A mí me enseñaron que los diagnósticos se basan en criterios estandarizados y no con la subjetividad de “me parece o no me parece”. Y cuando hablamos de aspergerianos describimos personas que tienen rasgos distintivos que describió el psiquiatra austríaco en 1944 y que siguen siendo válidos: “Habla pedante y estereotipada con intereses obsesivos y comportamiento social deficiente”; y que son reforzados en la actualidad en las clasificaciones internacionales con “Nunca han tenido un trastorno en el desarrollo del lenguaje y coeficiente de inteligencia por encima del promedio”.

Eso establece una diferencia con un alto porcentaje de pacientes con TEA de Nivel 1 con una historia en la que han tenido como criterio fundamental para su diagnóstico un trastorno en el desarrollo del lenguaje, independiente de si tienen en la actualidad un habla sofisticada.

Debo mencionar como ejemplo clásico con todos los criterios a Elon Musk por historia clínica conocida, incluso aceptado por él, y descartar a Lionel Messi de tal diagnóstico porque no hay ninguna entidad médica que lo haya confirmado, para que dejen de estar fantaseando con la idea de armar una selección de fútbol de puros aspergerianos que resultara invencible.

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